El adiós que nunca dijimos
La intensidad de su mirada
Había algo en sus ojos que desarmaba mis defensas. No era solo el color, aunque aquel tono oscuro pareciera esconder universos. Era la intensidad, la forma en que su mirada me buscaba como si quisiera leer los pensamientos que yo misma no entendía.
No hablaba mucho. No hacía falta. Sus silencios decían más de lo que cualquier palabra podría expresar. A veces, mientras yo llenaba el aire con frases sin importancia, él me observaba. Y cuando al fin rompía su mutismo, lo hacía con una frase que se quedaba rondando mi cabeza durante días.
Había en él una calma que yo anhelaba. Sus movimientos eran precisos, nunca precipitados. Tenía esa costumbre de tocarme apenas con la punta de los dedos, como si temiera romperme, como si en mi piel hubiera un misterio que no quería resolver demasiado rápido.
Pero lo que más amaba de él eran esos momentos en los que nos quedábamos acostados, sin prisas ni palabras, mientras el mundo afuera parecía detenerse. En esos instantes, su presencia bastaba. Sentir su respiración acompasada, su mano descansando sobre la mía, era suficiente para llenarme de una paz que nunca antes había conocido.
Cada encuentro con él era un vaivén entre el deseo y la nostalgia. Porque aunque aún estaba conmigo, sabía que una parte de él siempre pertenecía a su propio mundo, uno al que yo no tenía acceso. Y quizá eso era lo que más me atraía: su inaccesibilidad, la promesa implícita de que nunca llegaría a conocerlo del todo.
Pero el tiempo no perdona, y tampoco las decisiones que dejamos pendientes. Lo supe el día en que sus manos dejaron de buscarme como solían hacerlo. Algo había cambiado. Algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Su mirada, que antes me envolvía, comenzó a evitar la mía, y las horas que antes compartíamos se hicieron más cortas, más lejanas.
La última vez que lo vi, su mirada seguía siendo intensa, pero esta vez estaba vacía de promesas. Me abrazó como quien despide un sueño que sabe que no volverá. “Cuídate”, fue lo último que dijo, y con esa palabra selló un adiós que no necesitaba más explicaciones.
Desde entonces, he tratado de recordar cada detalle de él: cómo se veía en esos días perezosos, las noches en las que solo el silencio nos acompañaba, la forma en que su cuerpo encajaba con el mío como si fuéramos dos piezas de un rompecabezas. Sé que no volverá, pero llevo su recuerdo conmigo, como una cicatriz que me recuerda que querer a alguien así es tanto un regalo como una lección.
"Lo amaba como se ama el océano: con fascinación, con respeto, y con el temor constante de ahogarme en su profundidad."
-Azul
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