Nadie recuerda a los invisibles

Capitulo 1: 

El fin de todo

Me despidieron del trabajo a las 10:50: Me llamaron a la oficina de Recursos Humanos. Ni siquiera me dejaron terminar el trabajo que estaba escribiendo.

—Lo sentimos, pero hasta aquí llegamos —dijeron, con esa voz falsa que usan cuando creen que la cortesía suaviza el golpe.

¿Quién carajo despide a alguien a esa hora?

Me entregaron una caja de cartón y tuve que recoger mis cosas frente a todos. Como en las películas, pensé, solo que en la pantalla grande nunca se siente el ardor en la cara ni la presión en el pecho. Caminé hasta la salida escoltada por un guardia, como si hubiera robado algo. Como si mi único crimen hubiera sido quedarme demasiado tiempo en un lugar que nunca fue mío.

No aguanté más. Afuera lloré, primero en silencio y luego sin poder detenerme. Lloré todo el camino al metro, con la caja pegada contra mi cuerpo como si fuera lo único que me quedaba. Sentía que me habían desechado con la misma facilidad con la que uno arruga un papel y lo tira al cesto.

Ese trabajo había empezado como el de mis sueños. En la entrevista me prometieron un área creativa, proyectos interesantes, un futuro que parecía brillar. Jamás cumplió. Desde el primer día me encadenaron a tareas que no tenían nada que ver con lo que me ofrecieron. Mentira tras mentira, hasta convertirme en una sombra que sobrevivía dentro de esa oficina. Y aun así resistí. Me aferré, di lo mejor de mí. Aguanté toda la mierda que me lanzaron, convencida de que un día cambiaría.

Pero lo único que cambió fue que me arrojaron a la calle antes del mediodía.

Llegué a la estación Tacuba con los ojos hinchados y la garganta seca. La ciudad seguía girando como si nada, indiferente a mis desgracias. El olor a fritanga, el calor húmedo del túnel, el murmullo de cientos de voces que se confundían con el rugido metálico de los vagones.

Y entonces lo vi.

Era un muchacho alto, delgado, con lentes que hacían que su rostro se viera más redondo. Estaba llorando, como yo. Pero no era un llanto rabioso ni resignado. Era un llanto vacío, como si se le hubiera escapado algo que jamás volvería. Nunca había visto a un hombre llorar de esa manera.

El metro se acercaba. Yo apenas alcanzaba a escuchar el chirrido de los rieles cuando lo vi caminar hacia el borde. Estaba a la altura del último vagón y yo, demasiado lejos.

Corrí. Aventé mi caja contra el piso.
—¡Detente! —grité, con la voz rota.

Él volteó. Su mirada se cruzó con la mía: unos ojos cargados de lágrimas que no pedían ayuda, sino despedida.
Y entonces saltó.

Lo último que vio fue mi rostro.

El metro lo cubrió todo con un estruendo brutal. Gritos, confusión, el cuerpo de la multitud empujando hacia atrás. Yo me derrumbé en el piso, incapaz de entender lo que había pasado. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué no llegué a tiempo? La imagen de sus lentes empañados, su llanto sin fondo y su mirada perdida se repite una y otra vez en mi cabeza.

La estación se llenó de caos: policías, voces, empujones. Un policía me ayudó a levantarme y me ordenó salir; evacuarían todo para proceder. Caminé como en un sueño, con las manos temblando, el corazón golpeando en el pecho.

Y entonces la vi.

Su mochila, tirada junto a la pared. Nadie parecía notarla, todos corrían en otra dirección. Yo me detuve. No sé por qué lo hice ni de dónde saqué el valor, pero la tomé.

La abrí ahí mismo, con los dedos temblorosos. Entre cuadernos arrugados y papeles sueltos encontré una credencial: José Arturo Martínez. Tenía diecisiete años cuando la sacó. Estudiante del CCH Azcapotzalco.

Se me heló la sangre. No podía soltar esa mochila. No podía simplemente dejarla ahí como si fuera basura.

Él ya no estaba, pero algo en mí gritaba que debía entender por qué.

Porque lo vi llorar.
Porque me miró antes de saltar.
Porque fui testigo de su último segundo.

Y porque ahora ya no puedo dejar de pensar en él.

Sé que tengo que ir a su escuela. Tal vez encuentre a alguien que lo conoció. Tal vez ahí empiece a descubrir qué lo llevó a esa decisión. Quién era. Qué llevaba en la cabeza y en el corazón antes de decidir que ya no podía más.

No sé cómo voy a hacerlo, pero sé que tengo que intentarlo.

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