Dónde se fue sin ruido

Parte I


La habitación está en silencio, pero no es un silencio incómodo.


Es el tipo de silencio que alguna vez fue íntimo.


Ella está recostada boca arriba, mirando el techo que apenas se distingue en la oscuridad. A su lado, él respira con esa calma que da por hecho que todo está bien.


Y, en apariencia, lo está.


No han discutido.

No hay reproches.

No hay nada que anunciar.


Solo esa noche… que parece igual a todas las demás.


Él se mueve ligeramente y su mano encuentra su cintura, como siempre. Es un gesto automático, aprendido, casi perfecto en su repetición.


Antes, eso bastaba.


Antes, ese simple contacto la habría hecho girar hacia él sin pensarlo. Habría acortado la distancia, habría buscado su cuerpo como si fuera el único lugar posible.


Pero esta vez no.


Esta vez, su cuerpo permanece quieto.


No se aparta.

Pero tampoco responde.


Solo siente el peso de su mano… y espera.


Como si algo dentro de ella tuviera que activarse, como si estuviera a punto de suceder… pero no sucede.


Cierra los ojos.


Intenta encontrar esa chispa, ese impulso que antes aparecía sin ser llamado. Ese momento en el que su piel lo reconocía antes que su mente.


Pero lo único que encuentra… es memoria.


Recuerda cómo era.


La forma en que su cuerpo reaccionaba, cómo todo en ella se inclinaba hacia él sin resistencia, sin dudas. Cómo perderse ahí era tan natural que ni siquiera lo cuestionaba.


Ahora hay un espacio.


Un segundo de más.


Un silencio que no sabe llenar.


Él acerca un poco más su cuerpo al de ella, como si buscara lo de siempre. Como si no notara que algo, aunque invisible, ya no está.


Ella deja que ocurra.


Deja que la cercanía exista.

Deja que su mano permanezca.

Deja que todo siga su curso… pero desde lejos.


Como si lo estuviera viendo desde fuera.


Y entonces lo entiende.


No con tristeza.

No con culpa.

Ni siquiera con miedo.


Lo entiende con una claridad tranquila que, en otro tiempo, habría sido imposible.


Ya no está ahí.


No él.

Eso sería más fácil.


Lo que ya no está… es lo que sentía por él.


Su cuerpo lo supo antes.


En ese segundo de más.

En esa ausencia de impulso.

En esa forma de quedarse quieta cuando antes se habría acercado.


Él sigue dormido ahora, su respiración acompasada llenando la habitación.


Su mano sigue sobre ella.


Y por un momento, ella piensa en apartarla.


Pero no lo hace.


Tampoco la acerca.


La deja exactamente donde está… como si ese punto intermedio fuera lo único honesto que queda.


Mira hacia la oscuridad otra vez.


Y en ese instante, sin ruido, sin ruptura, sin despedida… algo termina.


No hay escena final.

No hay palabras.

No hay promesas rotas.


Solo una noche en la que no pasó nada.


Y sin embargo,

ahí se acabó todo.




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