Dónde dejó se sentir
Parte II
A veces todo empieza igual:
con una sensación pequeña, casi imperceptible,
como si algo dentro de mí se moviera apenas…
y luego se detuviera.
No sé en qué momento pasó,
ni en qué historia empezó a repetirse,
pero hay algo en mí que reconoce ese instante exacto
en el que dejo de estar del todo.
Antes no lo entendía.
Pensaba que era el tiempo,
las personas equivocadas,
las historias que no sabían sostenerse.
Pero ya no estoy tan segura.
Porque no es la primera vez que siento que algo en mí se apaga.
Ya lo he visto antes… en otra noche, en otra historia,
en ese lugar donde creí que sentir tanto era suficiente.
Pero no lo fue.
Desde entonces, algo cambió.
No de golpe, no con un quiebre evidente…
sino como cambian las cosas que se rompen por dentro:
sin hacer ruido.
Después de eso, la gente siguió llegando.
Con nuevas formas, nuevas voces, nuevas intenciones.
Algunos parecían distintos,
otros traían esa promesa silenciosa de quedarse un poco más.
Y yo lo intento.
De verdad lo intento.
Me permito abrir la puerta,
dejar que alguien recorra lo poco que aún queda intacto,
como si tal vez esta vez fuera diferente.
Pero siempre pasa lo mismo.
Algo en mí da un paso atrás
mientras todo lo demás sigue avanzando.
Empiezo a sentir menos,
a pensar más,
a cuestionarlo todo hasta desgastarlo.
Y cuando me doy cuenta,
ya no hay nada que sostener.
Ni siquiera tristeza.
Y entonces aparece esa idea,
la que intento evitar pero siempre regresa:
¿qué está mal conmigo?
Porque no es que nadie llegue.
Llegan.
Se quedan lo suficiente para mirarme como si hubiera algo en mí
que vale la pena entender.
Y por un momento…
yo también lo creo.
Pero luego algo se apaga.
Sin ruido.
Sin explicación.
Sin un momento exacto que pueda señalar.
Y lo peor no es que se vayan.
Es que yo dejo de sentirlos antes.
Como si mi corazón tuviera un límite,
un punto invisible donde todo lo que empieza a crecer
termina inevitablemente desvaneciéndose.
Entonces la pregunta cambia.
Ya no es por qué se van,
sino por qué yo no logro quedarme.
Si hay algo roto en mí,
o si simplemente aprendí, sin darme cuenta,
a irme primero.
A veces pienso que sí he amado…
pero a medias.
Que sí he sentido…
pero nunca lo suficiente como para sostenerlo.
Y eso pesa más que cualquier despedida.
Porque no es ausencia lo que queda,
es una calma extraña,
un vacío que no duele
porque ya no alcanza a sentirse.
Y tal vez ese es el verdadero problema:
no que nadie haya sabido quedarse…
sino que yo aprendí a apagarme
justo cuando algo empezaba a encenderse.
Comentarios
Publicar un comentario