Más fuerte que ayer

Aún recuerdo cómo me sentía enamorada de ella, cómo estar con ella me hacía sentir como si estuviera en las nubes, y cómo, cuando se molestaba, sentía como si cayera al precipicio.

Creo que mi principal problema con ella fue que quería todo tan deprisa que prefería ignorar las cosas negativas. Me han dicho que, cuando me enamoro, pierdo mucho el piso; sin embargo, con ella era un constante flotar que terminaba en caídas abruptas.

Podía, en un instante, pasar de tener todo de ella a ya no tener nada. Nunca entendí cómo, para ella, siempre fue todo o nada; no había medias tintas en su forma de querer. Supongo que se debía a su forma de ser.

Mi amigo me dijo una vez que tener mi primera relación formal con una mujer me había hecho daño porque me habían condicionado a que las cosas fueran de una forma durante tantos años, y ahora, cuando es así, me siento confundida. No sé si es por el hecho de que ella fuera mujer o por el hecho de que vivía en una relación dependiente y algo tóxica, pero sí sé que ella me hizo mucho daño en muchos sentidos, más de los que era capaz de entender durante la relación. Yo la llegué a amar tanto que creía que podría vivir mi vida así, con ese dolor en el pecho de no saber con qué versión de ella me encontraría nuevamente: ¿sería la versión en la que era muy linda conmigo, la versión en la que todo lo que hacía le parecía mal, o la versión en la que era fría y distante?

Al reflexionar sobre mi historial en relaciones amorosas, creo que aún no sé cómo es estar en una relación sana. He vivido tanto tiempo en la línea entre lo tóxico y lo posesivo que, a veces, creo que no soy capaz de distinguir la línea.

Lo permití porque, durante mucho tiempo, creí que no podría tener algo mejor. Teníamos días buenos, y a veces eso me parecía suficiente. Me autoengañé creyendo que no podía tener algo mejor, que ella era la única capaz de amarme de esa manera.

Pero la verdad es que me estaba perjudicando. Me hizo creer que sin maquillaje no era atractiva, que no era suficiente para ella. Palabras que se clavaron en mi mente y me hicieron sentir fea por mucho tiempo. Pero ahora sé que eso no era verdad. Sé que soy digna de amor y respeto, con o sin maquillaje.

Terminar con ella fue un proceso difícil, pero necesario. Desde entonces, he trabajado en mi crecimiento personal, en conocerme a mí misma y en establecer límites saludables. He aprendido a ser más selectiva con las personas que dejo entrar en mi vida y he descubierto que merezco ser amada de manera auténtica y respetuosa.

La terapia me ha ayudado a identificar las señales de alerta y a reconocer cuándo alguien no me valora como merezco. Y he aprendido a huir a tiempo, a no permitir que nadie me haga sentir como ella me hizo sentir.

Tengo 25 años ahora, y sé cómo quiero que me amen. Sé que no quiero volver a tolerar el dolor y la confusión que sentí con ella. Ella me lastimó mucho, pero también me enseñó lo que nunca más voy a volver a tolerar.

Quiero decirles a todos los que están pasando por algo similar que no se rindan. No importa cuán insoportable suene separarse de esa persona que amas, siempre se puede. No importa lo complicado que pueda parecer al comienzo, vas a estar mejor sin esa persona que causa tantos problemas en tu vida y solo te llena de ansiedad.

Nunca te conformes con alguien que no te hace sentir digno de amor y respeto. Tú mereces ser amado sin condiciones, sin dolor y sin miedo. Aprende a reconocer tus propios límites y a defender tu autoestima. Porque, al final, tu felicidad es lo que más importa.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Una taza rota dentro del cajón

La primera vez que me folle a alguien

Nadie recuerda a los invisibles