La vida pesaba mucho y yo ya me había cansado de cargar, el peso era insoportable por momentos y rendirse sonaba tan fácil. Tan dulce. Tan silencioso. A veces me preguntaba si alguien más lo notaba. Si entre mis sonrisas forzadas y mis respuestas automáticas, se colaban las grietas. Nadie decía nada. Quizá nadie veía. Quizá todos estábamos igual de rotos, pretendiendo estar enteros. Las noches eran las peores. Ahí no había máscaras. Solo yo, mi cama, y esa sombra que se acostaba a mi lado, que me respiraba al oído y me recordaba todo lo que no era, todo lo que no logré, todo lo que ya no podía cambiar. Un día, sin avisar, me quebré. No en gritos. No en lágrimas. Me quebré en silencio. Como una taza que se rompe dentro del cajón sin que nadie lo note. Seguía ahí, con la forma intacta. Pero ya no servía para contener nada. Últimamente, todo parece venirse abajo al mismo tiempo. Algunas puertas se cerraron sin despedida, otras se están cerrando poco a poco y me cuesta acept...
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